Diseñado para la poca luz
Los gatos no son daltónicos, pero sí ven el color de forma distinta a nosotros. Su visión es dicromática, lo que significa que perciben bien los azules y los amarillos mientras que los rojos aparecen apagados, así que un juguete rojo brillante puede parecerles mucho más deslucido de lo que te lo parece a ti. Donde los gatos destacan de verdad es con poca luz: una capa reflectante detrás de la retina llamada tapetum lucidum devuelve la luz a través del ojo, y una retina rica en bastones recoge la poca luz que hay, que es por lo que sus ojos parecen brillar en la oscuridad. También son magníficos detectando el movimiento, ideal para captar el temblor de una presa. La contrapartida es que perciben peor el detalle fino que nosotros, así que los gatos leen el mundo más a través del movimiento y el contraste que del enfoque nítido.
Un oído más allá del nuestro
El oído de un gato es uno de sus sentidos más notables. Alcanza bien dentro del rango ultrasónico, hasta unos 55 a 64 kHz, muy por encima del límite del oído humano, y ese registro superior coincide justo con los chillidos agudos de los roedores que los gatos evolucionaron para cazar. Sus orejas son además maravillosamente móviles, cada una capaz de girar para localizar con precisión de dónde viene un sonido. Por eso un gato adormilado puede orientar una oreja hacia un roce que tú nunca notaste. Cuando tu gato parece reaccionar ante la nada, es muy probable que esté oyendo algo que de verdad está ahí, justo más allá de tu propio alcance.
Un mundo de olores
El olfato moldea el mundo de un gato mucho más de lo que moldea el nuestro. Su sentido del olfato está muy desarrollado y les ayuda a evaluar la comida, el territorio y los demás animales que los rodean. Además de la nariz corriente, los gatos tienen una segunda herramienta olfativa: el órgano vomeronasal, u órgano de Jacobson, en el paladar. Cuando un gato se topa con un olor o una feromona especialmente interesante, puede retirar los labios y quedarse con la boca ligeramente abierta en lo que parece una mueca, llamada respuesta de flehmen, para llevar el olor hasta ese órgano. No es asco, sino un gato saboreando información que nosotros no podemos percibir en absoluto.
Bigotes y tacto
Los bigotes de un gato, llamados propiamente vibrisas, son mucho más que un adorno. Están profundamente arraigados, ricamente provistos de nervios, y perciben cambios sutiles en el flujo del aire así como el ancho de los huecos, lo que ayuda a un gato a juzgar si cabe por un espacio en la oscuridad. Los bigotes también reflejan el estado de ánimo, extendiéndose hacia delante por curiosidad o echándose hacia atrás por miedo, así que sirven además como una ventana a cómo se siente tu gato. Puede que hayas oído hablar de la "fatiga de los bigotes", la idea de que los cuencos estrechos estresan a un gato al rozarle los bigotes; es una noción popular pero no bien probada, así que tómala con ligereza más que como un hecho establecido. En cualquier caso, lo más amable es enriquecer el mundo de tu gato para todos estos sentidos, con cosas que mirar, escuchar, olfatear y explorar con seguridad.