Enseñar a los niños un trato suave
Los niños y los gatos pueden llegar a ser amigos maravillosos, pero esa amistad se construye sobre la sensación de seguridad del gato. Enséñale a tu hijo unas cuantas reglas sencillas: no perseguir, no agarrar y no coger al gato en brazos sin la ayuda de un adulto. La regla de oro es dejar que el gato se acerque a ellos; sentarse en silencio con la mano relajada y extendida resulta mucho más acogedor que correr detrás de una cola. Muéstrale cómo acariciar suavemente a lo largo del lomo, una o dos caricias, y luego hacer una pausa para ver si el gato quiere más. Los niños pequeños se mueven de forma impredecible y aprietan sin querer hacer daño, así que supervísalos siempre cuando estén con el gato e intervén pronto, antes de que el gato tenga que defenderse.
Vías de escape y zonas sin niños
Hasta el gato más paciente necesita una salida. Asegúrate de que cada habitación que use el gato tenga una vía de escape: una puerta abierta, una gatera o un camino despejado hacia algún lugar tranquilo. Las alturas, como estanterías, árboles rascadores y alféizares, permiten al gato observar la vida familiar desde una distancia segura, y los niños deben aprender que un gato subido en alto no se toca. Dale al gato al menos una zona sin niños, quizá un dormitorio o un lavadero tras una barrera infantil, donde el arenero, la comida y una cama blanda queden sin molestias. Un gato que sabe que siempre puede retirarse se vuelve más valiente y más sociable, no al revés.
Presentar a gatos y perros de forma gradual
Los gatos y los perros pueden perfectamente compartir un hogar, pero la presentación debe hacerse al ritmo del gato. Empieza por el olor: intercambia mantas entre ellos durante unos días para que cada animal conozca al otro antes de verse. Los primeros encuentros deben ser cortos, con el perro atado con correa y preferiblemente cansado tras un paseo, mientras el gato queda libre para acercarse o marcharse. Recompensa generosamente al perro por su comportamiento tranquilo, sentarse, apartar la mirada, ignorar al gato, y termina la sesión antes de que suba la excitación. Nunca, jamás, dejes que el perro persiga al gato; una sola persecución puede echar por tierra semanas de confianza. Repite sesiones cortas y tranquilas a diario y deja que la cercanía crezca despacio.
Leer las señales
Tu tarea durante cada encuentro es leer al gato. Un gato relajado tiene la mirada suave, la cola erguida o meciéndose con suavidad, y puede frotarse contra los muebles cerca del perro. Las señales de alarma son orejas aplanadas, cola que azota, postura agachada, pupilas dilatadas o quedarse inmóvil; cuando las veas, termina la sesión con calma e inténtalo de nuevo más tarde con más distancia. El bufido es comunicación, no un fracaso: significa que el gato necesita más espacio y tiempo. Con presentaciones pacientes y positivas, muchos gatos y perros acaban siendo amigos de verdad que duermen uno junto al otro, e incluso los que se mantienen educadamente neutrales pueden compartir un hogar tranquilo y feliz.